lunes, 31 de mayo de 2010

The Baseballs

Tengo un amigo que siempre que salimos a tomar un café pasa la tarde diciendo: “¡Ay, qué bonita es esta canción!”, suene lo que suene, casi, en ese momento. Hace unos días estábamos tomando algo cuando, para variar, dijo aquello de “he escuchado una canción más bonita…”. Yo ya tenía preparada mi frase de “sí, Óscar, sí, como todas”, cuando me interrumpió con su voz (que en ningún momento había dejado de hablar) y me sorprendió con una de mis palabras mágicas: “es así como de los años 50”

¡Clin! Cambio de chip… El grupo en cuestión eran los Baseballs, unos alemanes que, por lo visto, están pegando fuerte en su país haciendo versiones “rock&rolleras” de canciones actuales súper conocidas.

Aquí os dejo un ejemplo de una de las versiones más famosas que aparecen en su disco Strikes (la de la Umbrella de Rihana). Hay otras muchas que, como esta, no valen nada en su versión original pero que, en este formato son, por lo menos, animadillas.

Lo reconozco, Óscar, esta vez sí: tu grupo ha hecho que algunas canciones que odiaba a muerte sean, cuando menos, agradables de escuchar.

Quid pro quo

Pasando un rato en este rinconcito personal mío, lleno de cómodos cojincitos músico-visuales sobre los que dejar correr el tiempo hablando con amigos de cosas interesantes (y otras, no tanto), me he dicho: “¡A ver si va a venir la SGAE a cerrarte el chiringuito!” ¿Qué iba a ser de mi obra de arte si al pobre Freddy le da por levantarse a reclamar lo que era suyo? ¿Y si al graffitero espontáneo de mi pueblo le da por cobrar un canon cada vez que le pitan los oídos cuando el propietario de la fachada en cuestión descubre su regalito? ¿Cómo voy a protestar por la GO si su autor me denuncia por plagio?

Menos mal que algunos de los artistas invitados a esta fiesta no se quejan demasiado. Es más, me han cedido sus derechos para reproducir su obra a mi antojo. ¿Ceder? Mejor dejémoslo en un quid pro quo (o como diría alguno: “yo te doy, tú me das”). Ellos me dejan poner sus fotografías, hablar de sus artículos de opinión o exhibir sus esculturas, pero a cambio yo hablo bien de ellos (o, al menos, hablo). Sólo faltaba que encima tuviera que pagarles una y otra vez, algo así como por cada vez que alguien visita mi blog (en ese caso, no creo que me arruine), como pretenden los máximos defensores de este maravilloso “ángel de la guarda” de los artistas (especialmente de aquellos que han escrito una canción en su vida y todavía la están vendiendo), que es la SGAE

Hablando de vender, comprar y PAGAR, me han dicho que varios de los organismos españoles encargados de la gestión de derechos van a unirse bajo el ala de la gran SGAE (igual han confundido el ala del buitre con el de la gallina de los huevos de oro… ¿Qué? Yo tampoco diferencio bien las aves…). Quizá a todas juntas se les ocurren mejores ideas para velar por la propiedad privada intelectual (por otro lado, en parte necesario realmente), por esto de que varias cabezas pensantes hacen más que una, aunque espero que esta reunión no sea como aquella en la que Europa se repartió toda África (1815) tranquilamente entre puro y puro: “Yo me quedo con los derechos de las descargas, tú con lo de las bodas y ése que se quede lo de las peluquerías”.

Hablando de esto, mirad, este vídeo sacado de un programa de Buenafuente en el que Ana Morgade pregunta a la SGAE qué tiene que hacer para que su peluquería sea legal (en cuanto a derechos de autor se refiere, claro)


Vídeo de Ana Morgade llamando a la SGAE


Ahora hace falta saber si Ana también alquilará las revistas a sus clientas para que las lean una y otra vez hasta que se gasten.

Yo no digo que no haya que proteger lo que tu mente pensante ha creado. Es más, afirmaría rotundamente que hay que hacerlo (de hecho, estaba pensando proponer que la Facultad me pagara unos derechos de autor por apropiarse de mis trabajos, que la verdad es que algunos ya son como mis hijos), pero algunas ocurrencias pasadas de vueltas ya rayan lo ridículo. Como dice un amigo trompetista: “Los músicos, que toquen”.

Periodismo 0

Hablando de burrerías, me parece una muy grande hacer generalizaciones. Y ya que la cosa va de topicazos, no puedo dejar de hablar de un caso que ya no es actualidad, pero que durante unos días revolucionó a los pueblerinos (según algunos) alfareños, entre ellos, a mí.

Una vez más, fue David, (que está en todo lo que tenga que ver con su adorado Alfaro, siempre al tanto para reivindicar sus derechos) el que me informó de la Gran Ofensa (a la que a partir de ahora denominaré GO). Normalmente, no entro al trapo de estos asuntos, pero esta vez me indignó personalmente, y por doble vía: como alfareña y como proyecto de periodista.

Intentaré haceros comprender el porqué de mi reacción ante la GO:

“Muchas veces las cosas en los pueblos se arreglan de este modo, a lo bestia, creyendo que se puede hacer y deshacer al antojo del cacique de turno. Sólo hay que ver las que pasaron dos compañeros y amigos esta semana en Alfaro”.

Esto es un recorte literal de un artículo publicado en el periódico digital Larioja2 a propósito de una trifulca que había tenido lugar en mi pueblerina ciudad un par de días antes. El asunto, a grandes rasgos, era: la vicepresidenta riojana, de Alfaro, fue condenada a arrancar unas viñas plantadas ilegalmente en el término municipal de la localidad riojabajeña. La consejera, cuya actuación ilegal no fue condenada en ningún momento por el ejecutivo regional por cierto, y que además no fue apoyada tampoco por su ciudad natal (al margen del pique partidista –Gobierno riojano = PP; Alcaldía alfareña = PSOE–) finalmente acató la sentencia. El anteriormente citado periódico envió a dos corresponsales al lugar donde debía comenzar el proceso de eliminación del viñedo, donde al encontrarse con los familiares de la susodicha, se enzarzaron en una trifulca verbal que acabó en las manos. Sí, hasta aquí estoy de acuerdo con los periodistas y reivindico su derecho a informar con libertad, sin sentirse coartados por el poder de la persona sobre la que se informa. Hasta aquí mi postura es totalmente a favor de los periodistas: denunciaron la agresión de los familiares de la consejera y reivindicaron su derecho a la libertad de expresión.

La GO llegó después: los periodistas aprovecharon el medio para el que trabajan para denunciar el altercado, y de paso denunciar cierto exceso de poder de algunos (hasta aquí correcto), pero se apoyaron en la tesis de la procedencia pueblerina “bestia” y “caciquil” de la vicepresidenta. Los alfareños (encabezados por David a través de su blog y de sucesivas convocatorias de protesta a través de redes sociales) protestaron por la generalización llevada a cabo por el periódico, que extendía el carácter violento a todos los ciudadanos alfareños, además de insinuar que todos apoyábamos a la señora que, según ellos, nos dominaba "caciquilmente".

Yo, entre ellos, me sentí en la obligación de expresar mi tristeza ante estos hechos ya que, como futura periodista que me considero, sentí pena por mi colectivo: muy mal visto en muchas ocasiones por la opinión pública. Y es que en casos como este todos salimos perdiendo (hablo ahora como informadora): por la falta de tacto y rigor profesional de algunos, y las ansias de hablar irreflexivamente, perdieron toda la razón que inicialmente tenían y, finalmente no sólo no se reprochó a la consejera su abuso de influencia, sino que su falta acabó quedando olvidada en un segundo o tercer plano, y sustituida por la ofensa directa de los periodistas al colectivo alfareño.

Finalmente, debido a la exigencia masiva insistente de un grupo de indignados alfareños, el periodista que comparó la batalla campal de Alfaro con el peligro de trabajar como corresponsal de guerra, acabó disculpándose con la boca muy pequeñita en su blog personal. Como siempre, la soberbia periodística, que camina por encima del bien y del mal, y a la que tanto le cuesta reconocer los propios errores, acabó a duras penas zanjando el polémico tema.

Una pena, realmente. Sensacionalismo 1, periodismo 0.

Pues y qué

He estado pensando (sí, a veces lo hago, cuando tengo tiempo –y de eso no abunda ahora especialmente- ) que David (el de los “Comentarios-parrafada-reflexivo-sentidos”) tiene razón: no hay por qué avergonzarse de ser de pueblo, ni mucho menos. La mala concepción que se tiene de nosotros no es más que un enorme TÓPICO.

Supongo que esto es una concepción heredada: los habitantes de los pueblos son unos incultos, por esto de vivir en “comunidades” más pequeñas y más alejados de los “centros de cultura” que son las ciudades (más que nada porque a más habitantes, más servicios, y por supuesto, dentro de estos servicios también los culturales). Pues la verdad es que en los pueblos es más probable no tener acceso a actividades culturales, al menos no una amplia y variada gama de posibilidades, pero quizá también por eso, lo poco que hay se aprovecha al máximo. ¿Convierte eso a la gente de pueblo en inculta? No precisamente. Incultos también los hay en las ciudades que, teniendo al alcance de su mano toda la oferta que puedan imaginar, no la saben exprimir. (Aunque tampoco afirmo un antitópico: ni todos los de ciudad son incultos, ni todos los de pueblo son cultísimos. Generalizar es odioso)

Yo misma creo que acabo sacándole más jugo a las poquitas opciones que de vez en cuando encuentro en mi pequeño pueblo (cuando David lea esto aclarará: “Alfaro no es un pueblo, tiene 10.000 habitantes y es ciudad histórica”), ya que se presentan en contadas ocasiones, mientras que cuando estoy en Barcelona, por eso de que siempre lo vas a tener a mano, voy dejándolo y dejándolo… Mi único vicio, que mi pueblo no me ofrece, ni creo que lo haga jamás, es el cine en versión original. Pero esto no es ninguna incultura de pueblo: en la city tampoco hay mucha gente que se deje caer por uno de estos cines (los guiris no cuentan).

Un ejemplo (ya está Sara con sus ejemplos): muchas personas no pisan el teatro ni por casualidad (bien es cierto que los precios tampoco animan demasiado). Sin embargo, muchas de las personas que no lo harían nunca de vivir en una ciudad, hacen cola desde horas insospechadas un día laborable para conseguir uno de los codiciados abonos para la Muestra Nacional de Teatro Cómicos, que se celebra anualmente en Alfaro durante varias semanas consecutivas. Si los de pueblo son unos incultos, no me parece muy factible que este ciclo teatral lleve 12 años en cartel. Pepe Viyuela, Gabino Diego, Montxo Borrajo, Millán Salcedo, Luis Miguel Seguí, Antonia Sanjuán, Ana Morgade, Berto Romero, Illana y un largo etc han pasado por nuestro “inculto” pueblo. ¡Qué cosas se le ocurren a los incultos!

Pero no sólo nos han llamado cazurros. Hay otra palabra mágica que suele acompañarla en estas ocasiones: brutos. Yo no sé qué imagen se tiene de los pueblos: ¡ni que estuviéramos todo el día levantando piedras y con la azada al hombro! (Personalmente, creo que no he cogido una azada en mi vida).

Por cierto, que cuando oigo estas denominaciones topiquísimas no puedo evitar pensar en un señor con boina y alpargatas, y, a ser posible, con una camisa de cuadros. ¿No os recuerda a ciertas tendencias actuales? Curiosa la moda, ¿no? ¡Qué gracia! Los catetos de pueblo marcamos tendencia. Pero de esto ya hablaré en otro momento.

viernes, 21 de mayo de 2010

Cá de Alfaro

¡Lo que son los pueblos! Vengo de pasar el fin de semana en el mío que, como no, costumbre que no puede faltar en ningún pueblo que se precie, eran fiestas. Esta vez le tocaba a San Isidro (pero vaya, que podía haber sido cualquier otro). Y, mirad por dónde, yo no sé si es que va a ser verdad eso de que “todo se pega menos la hermosura”, pero me he sorprendido a mí misma con un acento pueblerino que no creía propio de mí.
Tuvo que ser mi padre… precisamente él, al que tanto corrijo cuando le sale la vena alfareña, el que me recordara sutil, pero fastidiosamente, lo que acababa de soltar espontáneamente. El vecino bloqueaba (para variar) la puerta de la cochera (también llamada bajera, ambas muy utilizadas por allí) y, aun así, mi padre se las arregló para meter el coche. “¿¡Para qué le iba a decir nada de apartarlo, si seguro que están de comida de fiestas y ya van calentitos?!” “¡Cá! Pero están tan tranquilos ahí comiendo, y tú no has empotrado el coche de chiripa”. Mi padre y los dos amigos míos que lo habían presenciado todo me miraron como quien ve un platillo volante. “Emmm… Sara… ¿es verdad que has dicho ¡cá!?” Sí… Lo dije… Y lo reconozco: me salió del alma.





Camiseta con el lema "Cá de Alfaro" popularizada en las fiestas de San Isidro



¡Qué cosa es! Toda la vida renegando de “mi pueblo” y, sobre todo, de su forma de hablar “más de campo que un ribazo”, que dicen por allí, y ahora que llevo tres años fuera me descubro un “acentazo” marcado hasta límites insospechados en mí (tengo que decir en mi defensa que soy bastante moderada, si me comparo con la gente de allí). Aunque… ¡al menos no cometo faltas! O eso creía yo… Tuvo que venir uno del pueblo de al lado a decírmelo… (¡encima en Barcelona!)

Hasta entonces yo vivía feliz (y engañada) con mi palabra en la boca a todas horas. “Vamos a sentarnos a ese quizal”, le dije yo, pensando que hablábamos el mismo dialecto, por esto de la proximidad (a pesar de ser pueblos, perdón “ciudades”, enfrentados). Su cara de “me-está-hablando-en-chino-y-encima-se-inventa-palabras” me lo dijo todo. “¿Qué? ¿Tú tampoco sabes lo que es un quizal?” Media hora para hacerle entender a qué me refería, casi hasta ofendida porque otro riojano, al más puro estilo barcelonés, no entendiera mi idioma. “Pues nada, será cosa de Alfaro”, concluí. Y así zanjamos el tema.

Pero, para mi desgracia, (y digo desgracia porque a mí se me cayó un mito), el tema no acabó ahí. El chico tenía que saberlo todo… Se empeñó en buscar el significado de la palabra que yo tanto adoraba y él tanto desconocía y descubrí lo que me temía: no existe. Ahora sí que no podía dejar ahí la cosa, tenía que saber de dónde venía mi expresión porque, como casi todo, era imposible que hubiera surgido de la nada. Tenía que ser una degeneración de algo… ¡Eso es!: QUICIAL (Según la RAE: 1. Madero que asegura y afirma las puertas y ventanas por medio de pernios y bisagras, para que girando se abran y cierren. 2. Quicio de puertas y ventanas).

¡Mi gozo en un pozo! No sólo me inutilizaba una palabra esencial en el repertorio de mi vocabulario, sino que encima me tiraba por tierra todo un significado completo. Esas horas y horas de fin de semana con amigos sentados por los quizales de las casas… (cosas de adolescentes, para qué engañarnos) ¡de repente ya no tenían sentido! ¿Cómo se sienta uno en un quicial? “Os sentabais en los portales, querrás decir”, apuntó puntillosamente mi amigo para terminar de rematarme. Mi “sí” fue un poco flojo… A mí no me acababa de convencer la idea: “pero… un portal no es lo mismo que un quizal”. Y yo, “dale molino” (como diría uno de mis amigos de quizal) con la idea de que un quizal no es para nada un quicial, ni mucho menos un portal.

Creo que mi amigo me dejó por imposible: cosas del pueblo, renegaré toda la vida, pero a mi pueblo no me lo toques. ¡Ah! Y un quizal es un quizal, y lo será siempre. ¡Qué le vamos a hacer! Ojos que no ven, corazón que no siente.

Yo era muy feliz con mi palabra de significado exclusivo llenándome la boca. Qué atrevida es la ignorancia y qué felices somos en ella.

From my window

Ya que la cosa va de fotos, me gustaría pediros 5 minutos de vuestro tiempo para contribuir a un proyecto artístico que me parece muy interesante:

Id a buscar vuestra cámara de fotos (un minuto); preparadla con sumo cariño y disponeos a utilizarla (un minuto); con vuestra cámara en la mano acercaos a la ventana más cercana y tomaos vuestro tiempo para capturar lo que podéis ver desde ella, ¡ah! no olvidéis retratar el marco de la ventana además de sus vistas (dos minutos: uno para hacer la foto y otro más para mirarla varias veces hasta quedar satisfecho); finalmente volved con la cámara y, por supuesto, vuestra ventana inmortalizada y descargadla en el ordenador (un minuto más).



¡LISTO! Con tan solo unos minutillos (placenteros, diría yo) estaréis un pasito más cerca de participar en un proyecto fotográfico de gran calado. Lo que empezó siendo un experimento universitario en el que se trataba de conseguir que el máximo número de personas enviaran su peculiar visión del mundo desde su ventana, ha terminado por dar la vuelta al mundo y convertido en un proyecto interactivo en el que toda la comunidad internauta está invitada a participar. Es fácil, después de plasmar una imagen tan cotidiana y aparentemente banal, pero a la vez tan interesante y reveladora, sólo debes enviarla a desdemiventana2010@hotmail.com (añadiendo tu nombre y ciudad) y esperar a verla junto a centenares de particulares ventanitas del mundo From my window. Diferentes vistas de los cinco continentes desde una misma ventana, la que la fotógrafa Esperanza Sáenz abre cada día a los ojos del mundo from her own window.
*Todas las vistas en http://www.windowsandviews.blogspot.com

lunes, 10 de mayo de 2010

Agradable comidilla en las nubes

Estaba yo en una famosa tienda de pósters en Barcelona cuando apareció. Entonces me dije: “¡para mi hermana! No puede ser de nadie más”. Pasé rato y rato mirándolo hasta que finalmente decidí que no debía dejarme llevar por impulsos consumistas y me convencí de que aquello lo era. Pero, ¿sabéis lo que es sentirse atraído por algo, desecharlo, y continuar días y días sin poder quitártelo de la cabeza? Pues algo así hice yo. Más bien diría que pasaron semanas hasta que por fin volví a la tienda (eso sí, con la excusa de comprar un regalo, que todo hay que decirlo…). Y cayó… No lo pude remediar.


Vosotros diréis, “¡vaya tontería! Un póster más de los miles que han vendido como churros los actores (mejor dicho, productores y toda clase de buitres…) de otra más que popular serie norteamericana”. Pues sí, en el fondo no deja de ser eso. Pero me llamó la atención. Para empezar, visualmente me resulta muy atractivo. Por supuesto, nada más verlo me vino a la cabeza la imagen del famoso Lunch atop a skyscraper del no tan conocido Charles C. Ebbets (digo esto porque hasta 2003 la foto se adjudicaba a un tal “anónimo”). Qué queréis, me hizo gracia. Siempre me ha gustado esa foto, no me preguntéis por qué. Sin embargo, parece tan ficticia como el póster de mi hermana. Eso es lo que más me chocó cuando finalmente lo compré. No podía dejar de mirarlo y me dio por pensar en este razonable parecido de artificialidad.


Lunch atop a skyscraper, Charles C. Ebbets

Si esta foto hubiera sido tomada hoy, poca gente dudaría de que está hecha a golpe de Photoshop, como yo no dudé de la enorme pantalla de croma que había hecho las veces de fondo en el póster de nuestros friends. Pero ¿y en 1932? (concretamente, el 29 septiembre, desde el Rockefeller Center de Nueva York). ¿Cómo se las ingeniaría Ebbets para crear esta ilusión óptica tan perfecta? Porque me niego a creer que los obreros neoyorquinos del 32, por mucho que no estuvieran rodeados del “insistente” personal de riesgos laborales, almorzaran tranquilamente cada día sobre una viga a miles de metros sobre el suelo. Ya de paso, me niego a creer que después de su agradable comidilla en las nubes aprovecharan sus 10 minutillos de descanso para echarse una fresquita siestas a ras de cielo (digo fresquita porque desde una 70ª planta, algo de airecito fresco debe de correr. ¡Ríete tú de los que toman la fresca en la puerta de casa!)


Resting on a girder, Charles C. Ebbets
Son imágenes bonitas e impactantes, sí, (no niego el shock que debieron de producir cuando las publicó el New York Herald Tribune en los Estados Unidos convulsos de la época), pero es inevitable que a mí hoy me lleve a reflexionar. En primer lugar por aquella sociedad fácilmente impresionable (no muy diferente en esto a la de ahora, por cierto); pero también en lo irreal de las fotos importantes de entonces, así como las de ahora. Llámalo Photoshop, llámalo ilusión óptica, queramos o no la fotografía ha sido, es y será un truco visual en sí mismo. Hoy nos llevamos las manos a la cabeza por el uso masivo de los programas de retoque, pero lo cierto es que gran parte de las fotografías que han pasado a la Historia por la gran carga simbólica que acarrean fueron trucadas, “provocadas”, o directamente falsas.

Pero bueno, a mí no me importa. Yo contenta con la versión particular del skyscraper de mis friends, llena de photoshop (vamos, el Señor Photoshop en persona), aunque muy agradable para el sentido de la vista; y mi hermana feliz de la vida con el regalo de la “cosmopolita” de su hermana mayor. ¡El que no es feliz es porque no quiere!